miércoles, noviembre 09, 2005

España Federal o Confederal?

A estas altura del debate sobre el Estatuto, he encontrado un artículo en el que, por primera vez, se empieza a vislumbrar el origen real de las discrepancias. Es el artículo de Javier Pradera en El País de hoy. Incluyo un fragmento del mismo:
"El debate en el Senado confirmó el deslizamiento terminológico de la polémica hacia una falsa sinonimia que mezcla confusamente nítidas cuestiones político-jurídicas sobre la distribución territorial del poder planteables ante el Tribunal Constitucional (como la financiación o las competencias) y brumosas reivindicaciones político-ideológicas sobre identidades emocionales ajenas a cualquier instancia arbitral (como el término nación y los llamados derechos históricos). El Estado de las Autonomías, una realidad administrativa definida por la Constitución, no guarda relación conceptual alguna con el Estado plurinacional, una construcción ideológica fabricada por interpretaciones históricas. La composición de ambas estructuras es diferente: según Pasqual Maragall, las 17 comunidades autónomas coexisten con "tres naciones seguras y alguna probable". El Estado plurinacional tampoco es sinónimo de Estado plurilingüístico: aunque compartan la lengua, Valencia y Baleares no formarían parte de Cataluña como nación.
Dentro de esa tipología, los nexos no son conceptuales, sino políticos: para los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, el Estado plurinacional sería el estadio de llegada del Estado de las autonomías como consecuencia del salto cualitativo que la acumulación cuantitativa de reformas estatutarias terminaría produciendo. El resultado es un gigantesco quid pro quo: el Gobierno y los nacionalistas dicen hablar del mismo asunto cuando en realidad se refieren a cosas diferentes. Ese oscuro embrollo terminológico empareja el Estado confederal -cuyo diseño es adivinable en el nuevo Estatuto catalán- con la España plurinacional, y el Estado federal con la España autonómica: la España plural de Zapatero perdería así todas sus connotaciones políticas, ideológicas, religiosas, culturales, lingüísticas y sociales para convertirse exclusivamente en la yuxtaposición de las "tres naciones seguras y alguna probable" de Pasqual Maragall."

(La negrita es mía)

Siempre he pensado que el principal problema del caso español es la dificultad (o el miedo) a llamar a las cosas por su nombre. En otros países el debate empezó por unificar los criterios sobre el significado de los términos que se estaban empleando, pues se dieron cuenta de que, en realidad, no estaban hablando de lo mismo. En nuestro país se ha empezado, como siempre, la casa por el tejado y desde el punto de vista doctrinal, se ha obviado (no se si intencionadamente o no) toda la literatura existente sobre el tema para así poder utilizar téminos que provienen de otras experiencias federalistas / nacionalistas. El ejemplo más claro es el famoso "federalismo asimétrico" de Maragall, importado directamente desde Québec sin pasar por ningún filtro previo. A semejanza de lo que sucedió a raíz de la crisis de las vacas locas y ahora con la gripe aviar, en el caso de la importación de ideas o experiencias de otros países debería estipularse el someterlas a algún tipo de cuarentena. El "federalismo asimétrico" que proponía el Parti Québecois en los 80 tras el fracaso del referendum no era más que reconocer que las diferencias físicas e incluso sociológicas que marcan la especificidad de una provincia exigen un reparto de competencias a medida. Es decir, cada ente federado necesita una cesión de competencias acorde a sus necesidades, teoría totalmente opuesta al famoso "café para todos". Esta teoría es muy pragmática, ya que se refiere a hechos poco sujetos a discusión: una provincia canadiense sin mar no puede aspirar a que el Estado Federal le ceda las competencias en materia de Puertos. Sin embargo, desde Cataluña se ha conseguido mutar este federalismo asimétrico en una especie de confederación laxa, a semejanza del Plan Ibarretxe. Pero mientras el nacionalismo vasco pedía a las claras el tratar con el Estado español de tú a tú, el nacionalismo catalán anda con pies de plomo y no se atreve todavía a planteárselo, salvo alguna salida de pata de banco de sus representantes más extremistas.

Pero ¿por qué es tan difícil hablar de federalismo en este país? El federalismo es una herramienta, no un fin en sí mismo. Tampoco es una ideología (aunque puede pasar a serlo) ni es patrimonio de la derecha ni de la izquierda. Solo hay que recordar el caso belga, donde la derecha flamenca fue la parte más activa para llegar a los acuerdos de la Saint Michel en 1992, mientras que los socialistas valones tenían serias reticencias a dar este paso.

Seguiremos indagando

domingo, noviembre 06, 2005

Iniciando, que también es gerundio

Esta bitácora nace con una intención fundamental: intentar recabar cuantas más opiniones mejor sobre la necesidad de replantearse España como un Estado Federal.
En pleno debate del Estatuto catalán se han recrudecido las discrepancias entre las ideas de Estado y nación, muchas veces ignorando toda la teoría básica que se ha ido desarrollando a este respecto durante el siglo XX. Parece ahora que se quiere resucitar a Fichte, cuando en el resto del mundo se abogan por ideas integradoras (véase Kymlicka o Hobsbawn)

España tendrá que ser un Estado Federal para superar todos los complejos. Es increíble que a estas alturas de la historia el nacionalismo español no pueda integrar al resto de nacionalismos internos, como el catalán, el gallego, el vasco, el valenciano, el andaluz, el leonés o, si me apuran, el aparente desinterés por estas cuestiones de los madrileños.

¿Es España una nación de naciones? Esta pregunta contiene una trampa venenosa, pues muchas veces el contexto en el que se plantea requeriría una nueva formulación: ¿Es España un Estado de Estados?. A mi juicio, y simplificando mucho la cuestión, España es un Estado de naciones, y pongo "naciones" con minúscula porque la nación no es más importante que el Estado. Muchas de las actuales disputas no tendrían sentido si se aceptara esta realidad, tan evidente para todos salvo para los nacionalistas acérrimos de cualquier tipo.

La solución para los problemas de integración de minorías nacionales en un Estado pasa más bien por la comprensión y el diálogo que por la cerrazón intelectual, que muchas veces no es más que un síntoma del miedo a perder un statu quo ficticio. Las Constituciones son marcos teóricos que por definición deben ser estables, pero no inmutables. Poco a poco, nuestra sociedad será capaz de entender que el hecho de ser catalán no excluye el ser español y viceversa, que las naciones/nacionalidades no dan de comer y que los problemas que acucian a todos los españoles son los mismos a pesar de su lengua e identidad. Los únicos que sacan provecho de estas disputas bizantinas son los nacionalistas (incluido los nacionalistas españoles) y todos sus acólitos. En nombre de las naciones catalana, vasca, gallega, etc se dispendia cada vez más recursos para intentar reforzar lo evidente: todos somos distintos. Afortunadamente, diría yo. Si alguien se decidiera a abrir el melón del Estado Federal, dejaría en evidencia a estos nacionalismos de salón (insisto: incluyo a todos los nacionalismos) ya que esta forma de Estado, si se fundamenta sobre unos principios sólidos y consensuados, permitiría conciliar de manera armoniosa todos los intereses en juego. Y si no lo consiguiera en un primer momento, sí que podría ayudar a identificar coherentemente el origen de los problemas y a encauzar los esfuerzos hacia una solución consensuada.

Veremos en que queda todo ésto.